Es difícil no sentir dolor por la provincia de Camaná, porque aquellas personas que migraron y regresaron después de 20 años siguen encontrando los mimos problemas que dejaron, solo utilizando el sentido común, sin utilizar instrumentos para comprender el estado real de la Villa Hermosa, no se ha generado una matriz productiva diversificada en los diferentes recursos hidrobiológicos, agropecuarios, flujos comerciales, formalización de la pequeña y mediana minera, infraestructura recreativa y de ocio, pudiendo explotar con responsabilidad social, sostenibilidad y sustentabilidad amigable con el medio ambiente.
Y
no son palabras bonitas en un manifiesto escrito aquí y ahora, sino hubieron
horizontes de crecimiento económico no aprovechados para generar condiciones de
desarrollo por las autoridades en distintos periodos de gestiones municipales,
no hay una visión a mediano y largo plazo de planificación estratégica, no se
ha logrado gestionar o cohesionar alianzas interprovinciales (por las
identidades locales y chauvinistas). Todo lo positivo que se ha mencionado es
realizable, la pregunta es ¿de quién parte el interés para poder gestar el
cambio?
Conversábamos
con la promoción que egreso el 2011 de la I.E. Faustino B. Franco (El
Agropecuario), cinco o seis personas que nacieron o migraron a Camaná y
aprendieron a amarla, pero sobre todo en esta etapa de la vida, a luchar por la
tierra que te vio crecer y le dieron tiempo para conocerla. Aquellas
impresiones individuales conforman un proyecto político a largo plazo, con
variedad de profesionales expertos en cada campo necesario para hacer las
reformas que necesita la provincia. Sabiendo muy bien que las expectativas
económicas que se tendrá de resultado no contribuirán a su erario personal y
que tendrán que esperar la llegada de las canas para poder darle lo mejor a la
Villa Hermosa.
Se
busca aquel reconocimiento que las y los abuelos tenían, a causa de su
filantropía, oficio con el pueblo y sencillez al momento de conversar con
cualquier poblador, será uno de los últimos suspiros que se anhela llevarse a
la tumba, justo en aquel cementerio donde se manejaba bicicleta, querrán
inmortalizar su nombre, no por lo que dirá la gente, sino por el bienestar que
sentirán por las acciones y las obras realizadas.
El
verano para Camaná es la mejor época del año, la familia extensa se reencuentra
para charlar, sacar a flote otra vez el dejo que se había perdido por la
lejanía que estuvieron fuera de su tierra, el sonido de las gaviotas a
cualquier hora, la música en las casas con la puerta abierta a causa del calor
o fuera de la casa compartiendo sandias y regresa el acostumbrado “premo” a
cualquier conocido, se vuelve otra vez tan coloquial la estadía, recreando un
sentido de pertenencia.
El
turismo de verano se incrementa, dinamizando los circuitos económicos, sobre
todo a los servicios relacionados con la playa, alquiler de sombrillas, venta
de chupetes, ceviches, chilcanos en el mercado central y las personas que
vienen a des estresarse.
Esta
es una idea de la costumbre camaneja que ha transcurrido durante varias generaciones.
Puede ser un progresismo inerte o felicidad complaciente en la consciencia del
colectivo citadino que se establecieron en las personas que fueron llegando a
hacer colonia en Camaná, hoy en día esta idea se está muriendo.
Se
desmorona la historia de Camaná, se pierde al final del túnel, reflejada en las
personas adultas mayores que se van y mueren por la COVID-19, no quiero hablar
de tecnicismo de la falta de pruebas rápidas, moleculares, antigénicas, balones
de oxígeno, equipos de protección personal, camas hospitalarias, recursos
humanos, infraestructura de salud y gestión territorial por las autoridades
locales, sino mencionar lo que está muriendo en Camaná con el virus que nació
en Wuhan (China). Aquello que muere en Camaná, hoy febrero del 2021, es aquel
progresismo inerte, no se tiene las armas para luchar contra el enemigo
invisible, el verano que llegue con la vacuna, será uno triste, porque no
podremos festejar como se hacía antes, porque ya no habrá alguien que nos
enseñe.
A
las y los abuelos de Camaná que ya no volverán a la playa a jugar con sus
nietos.






