Una persona sin importar la
profesión que tenga debe adquirir algunas facultades para vivir con civismo,
democracia, respeto a los derechos humanos, justicia social y velar por un
desarrollo sostenible en la sociedad. Y en esta mirada estará nuestro
comentario.
La
facilitación orienta las energías a reflexionar, la acción, promueve el
encuentro en la persona misma, recupera y fortalece la identidad colectiva, nos
enseña a vivir en comunidad, dotando las condiciones de un dialogo, en su
diseño, generando compromisos en los diferentes encuentros donde se manifiestan
relaciones de paz o de conflicto, pero sobre todo aplicando metodologías para
poder llegar a acuerdos y conclusiones, ese es el proceso de la facilitación.
Un
facilitador tiene como función ser un académico, acercar a las partes, crear
puentes de comunicación, cuidar la construcción de las relaciones, pero sobre
todo no deben ser jueces, no reemplazar a las partes ni mucho menos dar
soluciones. El facilitador invita a conocer las creencias profundas, los
supuestos y los paradigmas de la pluralidad de las partes. Pero hay un función
antes que debe hacer el facilitador, autocalificarse, diagnosticar sus
virtudes-defectos, inconsistencia-coherencia, siendo el camino para mostrar un
trajo ético e integral en el espacio de dialogo.
Y
justamente en el dialogo se manifiesta Paulo Freire, refiriéndose que no solo
es el intercambio de ideas, sino tiene que haber amor en el mundo y por los
hombres para que el dialogo se lleve a cabo. Donde los actores buscan un
entendimiento por los objetivos, compartir conocimientos, relaciones, construir
y fortalecer la confianza, el dialogo es de carácter polisémico es necesario
conocer sus alcances, características, límites y atributos.
Es
por ello que el espacio de dialogo son procesos y funciones que permiten
interactuar paradigmas, pensamientos, emociones y manifestaciones. Partiendo de
la utopía del espacio, pero en el accionar no pueden ser solo un sueño.

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