martes, 25 de agosto de 2020

Karina

 

No diremos cuanto tiempo ha pasado desde que naciste, sino me cae en casa (jajaja), porque nublaría el mensaje que se trata que quede en la pantalla, sin el ánimo de buscar protagonismo o atención, acostumbrado en redes sociales, lo hago porque la pandemia no me enseño a quererte ni a extrañarte, pero si me negó el derecho a verte. Publicarlo es un acto de rebelión y de lucha, tus palabras favoritas, también porque quiero hacerlo, expresarme en estas letras, estando lejos de ti.

Con 17 años cumplidos, un joven tuvo que salir de su provincia para seguir escalando en la sociedad, la añorada movilidad social que se aprende en sociología, ese momento es imborrable para aquel migrante que deja su terruño. En este caso en particular, ese día no hubo palabras, ese día no hubo nostalgia, podría durar un año o cinco la aventura que comenzaba, lo que dura una carrera universitaria en el Perú tal vez, ya han pasado ocho años y la temporada más larga que he estado contigo después de ese día me la ha proporcionado el COVID-19, ganando algunas cosas en familia, hasta conversaba a medio día con mi viejito más seguido y las emocionantes peleas con el menor de la casa, una dulce compañía en la emergencia sanitaria, ninguna pulmonía me podrá quitar ello. Aquel día, el temple de una mujer en la puerta con la mano alzada, una mano estática, generaba confianza y daba a entender un pronto regreso.

Esa fortaleza es y ha sido coherente desde los primeros mata-moscas y cañas rotas. Podemos empezar justo aquí los debates epistemológicos de la educación coercitiva, dialogante o constructivista, queriendo conceptualizar cada uno de los roles de los miembros de la familia y poder decidir qué es lo mejor para las y los hijos, debates muy conocidos, de tardes enteras con galletas y cebada tostada en la mesa de la cocina, mencionar a una literata, académica o lideresa social opacaría solo la primera idea tuya del primer minuto de nuestra conversación. ¿Elogio? No, conocimiento de causa sí.

La ética y la integralidad no se enseña en las universidades, en la educación básica regular debería formar ciudadanos con valores, principios, identidad y empatía entre hombres y mujeres sin discriminación alguna. Cada vez que te escucho, en silencio y atentamente, observo la dedicación que le pones a cada estudiante que le enseñas en aulas, las pruebas diferenciadas que preparas, los nombres de cada uno y una, en donde han nacido y que piensan ser en la vida, yo, hoy 25 de agosto solo soy un canal de comunicación, que orienta todos los deseos de estudiantes, padres, madres de familia que te agradecen, que te dan las gracias, por todo el trabajo que haces. Porque formas ciudadanos y ciudadanas, exigiendo sus derechos, no discriminando y les enseñas a levantarse cuando la vida golpea. Educas revolucionarios y revolucionarias, ¿prueba de ello? Solo míralos volar.

He sentido el dolor de colegas que han perdido a su madre en esta pandemia, una pérdida irreparable, nos enseña que lo importante no es el dinero, o mucho menos el status que un cargo te puede dar, las personas estamos de paso, lo que importa es la vida y las personas que la acompañan. Soy afortunado porque todavía te tengo, todavía sigues en la tribuna, en primera fila, muy visible, dando ánimos, carajeando, dando las palabras exactas para momentos difíciles, yo creo que no es el papel de una madre hacerlo, pero eso hace una persona que te quiere.

Lo poco que he alcanzado te lo debo a ti madre, estas palabras solo son una brisa para lo que significas para mí, no hay ningún colega, jefe, amigo, funcionario o demás que me allá enseñado tanto como tú, y lo sigues haciendo.  Sé que cuando las chambas fueron cada vez más lejos de casa, nos volvimos más cariñosos, y él te quiero mucho se asoma al acabar cada llamada.

Bueno, hoy no estoy contigo, y tenemos que ser responsables para poder abrazarnos mañana. Hasta pronto ma.


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