viernes, 18 de julio de 2025

El joven universitario de octubre del 2024.


Muchos jóvenes vienen acompañados de su padre y madre en su primer día de clases a la universidad, algunos los siguen haciendo durante los dos primeros años aproximadamente, sus viajes de vacaciones se orientan a las playas de las provincias costeras de Camaná, Islay e Ilo, se independizan de la familia viviendo en cuartos cercanos a los centros de estudios, pero con el financiamiento tutelar del padre o la madre, en su defecto de ambos, en caso sean separados. No conocen las ocho provincias del departamento de Arequipa, ni tienen interés en hacerlo porque su horizonte de crecimiento material, no profesional, mira a Lima y al extranjero. No han escuchado hablar de Cotahuasi, la capital de la Provincia de la Unión, la más alejada de la provincia arequipeña, considerando que la ciudad concentra el 87% de la población total, tampoco han oído hablar de Puyca, siendo el distrito en el puesto 109 como el más pobre que tenemos en todo el territorio arequipeño. Estos datos y afirmaciones abren el cuestionar cuales son los dogmas y paradigmas de la juventud universitaria en nuestro tiempo.

El joven universitario la tiene clara, en promedio, no importa la carrera que estuve quiere una retribución económica, que le genere reconocimiento social (status) y tener más tiempo para actividades de ocio relacionadas a lo superfluo que genera el mercado, como compras, fotos como turista para alimentar el ego, fiestas con reels, ser opresor en determinados nichos de poder, cumplir el modelo hegemónico de éxito: Plata, sexo, drogas, viajes, tierras, alinearse a los grupos mas fuertes de poder y menospreciar la pobreza, y las personas que son pobres, tomando como slogan, “el pobre es pobre porque quiere y por flojo”. Y no está en disputa ideológica-teórica las narrativas de la juventud, son afirmaciones verídicas que se han impregnado como sanguijuelas en el sentido común de nuestra endeble juventud universitaria, muchas veces alimentada por los mismos docentes que les enseñan. 

La realidad no esta distinguiendo entre espacios urbanos y rurales de las personas que van a la universidad, por ejemplo, tenemos chicos, pero sobre todo chicas que vienen a estudiar sociología en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa con procedencia de Chumbivilcas, Cotabambas, Langui, Moho, capitales de departamento de Puno, Cusco, Moquegua y Madre de Dios. Teniendo un interés espectacular por los cursos de gestión de conflictos sociales, relaciones comunitarias, promoción social, y cualquiera que tenga que ver con el posicionamiento de la sociología frente a las relaciones de producción y comportamiento en su área de intervención directa de cualquier proyecto minero y/o extracción de recursos naturales como son las Bambas, San Gabriel, Zafranal, Tía María, Cuajone, Toquepala, Cerro Verde, Chankas, Hudbay y las diferentes exploraciones que se dan en la macrosur del Perú. ¿Por qué pasan estos hechos? ¿se instruyen para cuestionar la ley de minería y extracción de recursos naturales? ¿quieren mejorar la distribución de las regalías y el canon de forma estructural para generar nuevas rutas de desarrollo, amparados en una nueva matriz productiva no contaminante? O ¿quieren lentejas, camionetas, departamentos, vivir en la ciudad, olvidando de donde son?

Cualquiera diría “tenemos que dejar que la juventud tenga empleo para que luego cuestione las reglas de juego, pero con seguridad alimentaria y profesional”, la pregunta que surge es ¿Cómo va a formar su pensamiento crítico y complejo cuando gane su sueldo contaminando ecosistemas y engañando a comuneros analfabetos con desconocimiento de los instrumentos de gestión? Arriesgando su vida por sus empleadores, añorando ser parte de los accionistas y planillas de las empresas para percibir utilidades, dinero fácil, porque es el único indicador de éxito que no ha cambiado por más universitario o académico que supongamos ser.

El poder y los privilegios nos distancian de la gente, nuestra tierra y lo que se necesita hacer para que no prospere individualmente sino colectivamente nuestro pueblo, por eso un profesional, sobre todo donde toda su formación educativa desde inicial hasta la universitaria fue pública tiene la obligación y el compromiso de luchar para que el analfabeto aprenda a escribir y leer, enseñar al poblador a organizarse para fiscalizar a las autoridades, construir propuestas reales y programáticas a los problemas estructurales de manera descentralizada, provincia por provincia, distrito por distrito, y porque no, anexo por anexo.

La universidad tiene una misión y visión humanística, donde el profesional y académico que egresa debe apuntar a trascender en la historia, romper con la cadena de la vulnerabilidad, pobreza, desigualdad y corrupción del modo operante del Estado peruano, romper con la frase “siempre se ha hecho así”, no, rompamos las cadenas del sentido común, el pragmatismo corrupto, rompamos aquello que está podrido, la educación tiene ese poder, pero tiene que estar acompañada de alimentación, evaluación, mejorar las condiciones económicas y productivas, no necesariamente de las familias, como dicen algunos gobernadores conservadores, sino en todo nuestro territorio de manera multidimensional. No creamos en ideas ni en personas mesiánicas, no bailemos al compás de la música que nos ponen.

A las personas que somos de provincia no olviden nunca la ilusión de niños y niñas de tener un mejor futuro, el futuro que un padre alcohólico y que su madre analfabeta quechua hablante no les puede dar en su presente por sus mismas condiciones estructurales de desigualdad y vulnerabilidad. No olvides los desayunos de pan con quinua y te filtrante para dos o tres hermanos que tiene que distribuirse para tener la fuerza suficiente para atender en el colegió.

No olvidemos que los privilegios adormecen nuestros sueños y mandan a invernar nuestro sentido de lucha, organización y cuestionamiento a todo el sistema donde vivimos. 



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