Muchos jóvenes
vienen acompañados de su padre y madre en su primer día de clases a la
universidad, algunos los siguen haciendo durante los dos primeros años
aproximadamente, sus viajes de vacaciones se orientan a las playas de las
provincias costeras de Camaná, Islay e Ilo, se independizan de la familia
viviendo en cuartos cercanos a los centros de estudios, pero con el
financiamiento tutelar del padre o la madre, en su defecto de ambos, en caso
sean separados. No conocen las ocho provincias del departamento de Arequipa, ni
tienen interés en hacerlo porque su horizonte de crecimiento material, no
profesional, mira a Lima y al extranjero. No han escuchado hablar de Cotahuasi,
la capital de la Provincia de la Unión, la más alejada de la provincia
arequipeña, considerando que la ciudad concentra el 87% de la población total, tampoco
han oído hablar de Puyca, siendo el distrito en el puesto 109 como el más pobre
que tenemos en todo el territorio arequipeño. Estos datos y afirmaciones abren
el cuestionar cuales son los dogmas y paradigmas de la juventud universitaria
en nuestro tiempo.
El joven
universitario la tiene clara, en promedio, no importa la carrera que estuve
quiere una retribución económica, que le genere reconocimiento social (status)
y tener más tiempo para actividades de ocio relacionadas a lo superfluo que
genera el mercado, como compras, fotos como turista para alimentar el ego,
fiestas con reels, ser opresor en determinados nichos de poder, cumplir el
modelo hegemónico de éxito: Plata, sexo, drogas, viajes, tierras, alinearse a
los grupos mas fuertes de poder y menospreciar la pobreza, y las personas que
son pobres, tomando como slogan, “el pobre es pobre porque quiere y por flojo”.
Y no está en disputa ideológica-teórica las narrativas de la juventud, son
afirmaciones verídicas que se han impregnado como sanguijuelas en el sentido
común de nuestra endeble juventud universitaria, muchas veces alimentada por
los mismos docentes que les enseñan.
La realidad no
esta distinguiendo entre espacios urbanos y rurales de las personas que van a
la universidad, por ejemplo, tenemos chicos, pero sobre todo chicas que vienen
a estudiar sociología en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa con
procedencia de Chumbivilcas, Cotabambas, Langui, Moho, capitales de
departamento de Puno, Cusco, Moquegua y Madre de Dios. Teniendo un interés
espectacular por los cursos de gestión de conflictos sociales, relaciones
comunitarias, promoción social, y cualquiera que tenga que ver con el
posicionamiento de la sociología frente a las relaciones de producción y
comportamiento en su área de intervención directa de cualquier proyecto minero y/o
extracción de recursos naturales como son las Bambas, San Gabriel, Zafranal,
Tía María, Cuajone, Toquepala, Cerro Verde, Chankas, Hudbay y las diferentes
exploraciones que se dan en la macrosur del Perú. ¿Por qué pasan estos hechos?
¿se instruyen para cuestionar la ley de minería y extracción de recursos
naturales? ¿quieren mejorar la distribución de las regalías y el canon de forma
estructural para generar nuevas rutas de desarrollo, amparados en una nueva
matriz productiva no contaminante? O ¿quieren lentejas, camionetas,
departamentos, vivir en la ciudad, olvidando de donde son?
Cualquiera
diría “tenemos que dejar que la juventud tenga empleo para que luego
cuestione las reglas de juego, pero con seguridad alimentaria y profesional”, la
pregunta que surge es ¿Cómo va a formar su pensamiento crítico y complejo
cuando gane su sueldo contaminando ecosistemas y engañando a comuneros
analfabetos con desconocimiento de los instrumentos de gestión? Arriesgando su
vida por sus empleadores, añorando ser parte de los accionistas y planillas de
las empresas para percibir utilidades, dinero fácil, porque es el único
indicador de éxito que no ha cambiado por más universitario o académico que
supongamos ser.
El poder y los
privilegios nos distancian de la gente, nuestra tierra y lo que se necesita hacer
para que no prospere individualmente sino colectivamente nuestro pueblo, por
eso un profesional, sobre todo donde toda su formación educativa desde inicial
hasta la universitaria fue pública tiene la obligación y el compromiso de luchar
para que el analfabeto aprenda a escribir y leer, enseñar al poblador a
organizarse para fiscalizar a las autoridades, construir propuestas reales y
programáticas a los problemas estructurales de manera descentralizada,
provincia por provincia, distrito por distrito, y porque no, anexo por anexo.
La universidad
tiene una misión y visión humanística, donde el profesional y académico que
egresa debe apuntar a trascender en la historia, romper con la cadena de la
vulnerabilidad, pobreza, desigualdad y corrupción del modo operante del Estado
peruano, romper con la frase “siempre se ha hecho así”, no, rompamos las
cadenas del sentido común, el pragmatismo corrupto, rompamos aquello que está
podrido, la educación tiene ese poder, pero tiene que estar acompañada de
alimentación, evaluación, mejorar las condiciones económicas y productivas, no
necesariamente de las familias, como dicen algunos gobernadores conservadores,
sino en todo nuestro territorio de manera multidimensional. No creamos en ideas
ni en personas mesiánicas, no bailemos al compás de la música que nos ponen.
A las personas
que somos de provincia no olviden nunca la ilusión de niños y niñas de tener un
mejor futuro, el futuro que un padre alcohólico y que su madre analfabeta
quechua hablante no les puede dar en su presente por sus mismas condiciones
estructurales de desigualdad y vulnerabilidad. No olvides los desayunos de pan
con quinua y te filtrante para dos o tres hermanos que tiene que distribuirse
para tener la fuerza suficiente para atender en el colegió.
No olvidemos que
los privilegios adormecen nuestros sueños y mandan a invernar nuestro sentido
de lucha, organización y cuestionamiento a todo el sistema donde vivimos.

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