La Confianza que Saldremos del COVID
Uno de los instrumentos habituales
para las y los sociólogos son los talleres participativos que se realizan para
entidades privadas, públicas, voluntariados y demás, considerando diferentes
grupos de la sociedad civil organizada, es concurrente hacer preguntas de
manejo de escenario, que te ayudan a conocer las percepciones de los
asistentes, algunas podrían ser ¿quién confía en el Estado? ¿Y en el gobierno?
¿Confías en el Congreso de la República?, si la respuesta es un ¡NO!, rotundo,
con carga de indignación y molestia. Podemos empezar a perfilar la idea que
queremos dar a conocer, la fortaleza institucional de las entidades en el Perú,
enfocándonos en algunas, por la coyuntura política y la gobernabilidad que se
manifiesta en este estado de emergencia sanitaria, provocado por el COVID-19.
Otro gran instrumento es la matriz
de involucrados que tiene cabida en proyectos de desarrollo social, delimitando
el área de influencia y de estudio en un proyecto, para conocer actores que
están a favor o en contra de una iniciativa. Bajo lo antecedido, es necesario
establecer estos dos ejercicios, orientándolos a la educación ciudadana, que
son: la matriz de involucrados y el sondeo de la opinión pública. Para poder
configurar una visión informada y con argumento de base, sobre nuestra sociedad
peruana. Y es en ese sentido que ira el análisis.
No, es la respuesta habitual cuando
se conjugan las palabras confianza y Estado. Siendo una disyuntiva giratoria de
muchos comportamientos de la población hoy en día, como la cuarentena, la
informalidad o no tirar basura en la vía pública, pasamos a dar más luces en la
explicación. El Estado es tan amplio y complejo, confluyendo muchas entidades
públicas con diferente grado de institucionalidad. El Estado agrupa
instituciones como: Congreso de la República, el Gobierno (el poder ejecutivo),
el Poder Judicial, el Ministerio Público, la Contraloría General de la
República, la Defensoría del Pueblo, el Banco Central de Reserva del Perú,
entre otras más. Entonces cuando se dice que no hay confianza en el Estado,
debemos conocer el funcionamiento orgánico y las ramificaciones de la
estructura de cada entidad, para así poder determinar la confianza, que tiene
que estar amparada en acciones verificadas y contrastadas que desacreditan o
no, a las entidades públicas. Bueno, esa idea es una utopía en el sentido común
de la población, porque la percepción de la coyuntura determina el grado
valorativo de cada ciudadano y ciudadana con respecto al otorgamiento de la
confianza, con un sesgo habitual, tradicional y transversal de los medios de
comunicación de señal abierta.
¡Desconfía y acertaras! ¿Es el
dicho no?, comencemos con la información que obtenemos de los diferentes medios
de comunicación, esto no quiere decir que los análisis propuestos en los
reportajes o notas periodistas estén errados, pero considerémoslo como insumos
para definir nuestra percepción de confianza, ya que no podemos determinar esta
como un ejercicio de elegir blanco o negro, hay matices, cosas relevantes,
dignas de reconocimiento y otras rechazas, felicitando que sean denunciadas.
Pondremos un ejemplo, en esta semana que se fue, tomaremos a la entidad del
Congreso de la República del Perú.
El Congreso de la República acepto
la renuncia de la Vicepresidenta Mercedes Aráoz, decisión respaldada por toda
la población, ¿quedo demostrada la eficiencia del congreso? La polémica está
presente siempre en política, pero esta vez en el ámbito normativo hay un vacío
constitucional interpretativo con diversos escenarios posibles. El presidente
no podría salir del país, porque las piezas de recambio se acabaron, y el
presidente del congreso solo asume para convocar elecciones (una figura
temerosa, si miramos en retrospectiva los últimos acontecimiento), y un
funcionario público que no allá sido escogido por el pueblo en elecciones
generales, no puede quedarse a cargo del despacho presidencial. Entonces hay
muchos matices, ¿cómo determinas la confianza? ¿Y sobre que lo haríamos? El argumento,
está bien o él está mal, queda reducido a una práctica que debe ser purgada en
esta época de COVID-19.
Ya acercándonos a los sesenta días
de cuarentena obligatoria, como país estamos viendo al desnudo la problemática
real y diversa de nuestra configuración como país. Las críticas son muchas y
vienen de todo lado, en muchos casos sin el ánimo de sumar sino de causar
zozobra y temor en la población, pero las propuestas son pocas y no son
consideradas, como por ejemplo la consulta a los gobiernos locales en sus
acciones para contener las epidemias descentralizadas en el país, han sido
silenciadas en un comienzo, ahora está mejorando la coordinación con el
gobierno central.
El COVID-19 ha venido para quedarse un buen tiempo, así que
nuestra cultura ciudadana tiene que cambiar, acostumbrada a un débil proceso de
planificación, con deseo de resultados inmediatos, sin considerar las ventajas
comparativas y competitivas de las acciones que se toman a diario por las
autoridades. Recayendo en comportamientos como: no querer mantener los 2 metros
de distancia, a no respetar la fila en el mercado, transitando sin una necesidad
urgente, siendo vectores de contagios, y allí va nuestra solidaridad con nuestros
compatriotas del norte, pero también acompañada a que respeten las normas, la
institucionalidad del gobierno, confiando en las medidas que se han tomado,
procurando que no nos convirtamos en un número más, sino ser parte de las y los
que sobrevivimos para contarlo.
