No diremos cuanto tiempo ha
pasado desde que naciste, sino me cae en casa (jajaja), porque nublaría el
mensaje que se trata que quede en la pantalla, sin el ánimo de buscar
protagonismo o atención, acostumbrado en redes sociales, lo hago porque la
pandemia no me enseño a quererte ni a extrañarte, pero si me negó el derecho a
verte. Publicarlo es un acto de rebelión y de lucha, tus palabras favoritas, también
porque quiero hacerlo, expresarme en estas letras, estando lejos de ti.
Con 17 años cumplidos, un joven tuvo
que salir de su provincia para seguir escalando en la sociedad, la añorada movilidad
social que se aprende en sociología, ese momento es imborrable para aquel
migrante que deja su terruño. En este caso en particular, ese día no hubo
palabras, ese día no hubo nostalgia, podría durar un año o cinco la aventura
que comenzaba, lo que dura una carrera universitaria en el Perú tal vez, ya han
pasado ocho años y la temporada más larga que he estado contigo después de ese
día me la ha proporcionado el COVID-19, ganando algunas cosas en familia, hasta
conversaba a medio día con mi viejito más seguido y las emocionantes peleas con
el menor de la casa, una dulce compañía en la emergencia sanitaria, ninguna pulmonía
me podrá quitar ello. Aquel día, el temple de una mujer en la puerta con la
mano alzada, una mano estática, generaba confianza y daba a entender un pronto
regreso.
Esa fortaleza es y ha sido coherente
desde los primeros mata-moscas y cañas rotas. Podemos empezar justo aquí los
debates epistemológicos de la educación coercitiva, dialogante o constructivista,
queriendo conceptualizar cada uno de los roles de los miembros de la familia y
poder decidir qué es lo mejor para las y los hijos, debates muy conocidos, de
tardes enteras con galletas y cebada tostada en la mesa de la cocina, mencionar
a una literata, académica o lideresa social opacaría solo la primera idea tuya
del primer minuto de nuestra conversación. ¿Elogio? No, conocimiento de causa sí.
La ética y la integralidad no se
enseña en las universidades, en la educación básica regular debería formar
ciudadanos con valores, principios, identidad y empatía entre hombres y mujeres
sin discriminación alguna. Cada vez que te escucho, en silencio y atentamente,
observo la dedicación que le pones a cada estudiante que le enseñas en aulas,
las pruebas diferenciadas que preparas, los nombres de cada uno y una, en donde
han nacido y que piensan ser en la vida, yo, hoy 25 de agosto solo soy un canal
de comunicación, que orienta todos los deseos de estudiantes, padres, madres de
familia que te agradecen, que te dan las gracias, por todo el trabajo que
haces. Porque formas ciudadanos y ciudadanas, exigiendo sus derechos, no
discriminando y les enseñas a levantarse cuando la vida golpea. Educas
revolucionarios y revolucionarias, ¿prueba de ello? Solo míralos volar.
He sentido el dolor de colegas
que han perdido a su madre en esta pandemia, una pérdida irreparable, nos
enseña que lo importante no es el dinero, o mucho menos el status que un cargo
te puede dar, las personas estamos de paso, lo que importa es la vida y las
personas que la acompañan. Soy afortunado porque todavía te tengo, todavía sigues
en la tribuna, en primera fila, muy visible, dando ánimos, carajeando, dando
las palabras exactas para momentos difíciles, yo creo que no es el papel de una
madre hacerlo, pero eso hace una persona que te quiere.
Lo poco que he alcanzado te lo
debo a ti madre, estas palabras solo son una brisa para lo que significas para
mí, no hay ningún colega, jefe, amigo, funcionario o demás que me allá enseñado
tanto como tú, y lo sigues haciendo. Sé
que cuando las chambas fueron cada vez más lejos de casa, nos volvimos más
cariñosos, y él te quiero mucho se asoma al acabar cada llamada.
Bueno, hoy no estoy contigo, y
tenemos que ser responsables para poder abrazarnos mañana. Hasta pronto
ma.
