Yana-Wara elimina el
romanticismo andino neocolonial
Lucas Z. Granda.
Esta obra
cinematográfica sienta la postura de no romantizar los escenarios y cultura
andina, tejiéndola de una corriente realista, genuina y cotidiana que sucede en
nuestro Perú. A mi percepción, corta la mamadera a personajillos que fácilmente
viven hablando de la vulnerabilidad, pobreza, desigualdad en los diferentes
grupos poblacionales dispersos en el área rural, no con el clamor de
sensibilizar a la ciudadanía sobre las diferentes problemáticas flagelantes,
sino para engrandecer egos personales y mercantilizar la victimización con
fines lucrativos y necesidad de reconocimiento, cayendo en causas incoherentes
en su verdadero modo de pensar.
Yana-Wara es
aquella película que da una cachetada de peruanismo a Tudela y al pollito de la
bancada de Avanza País, porque demuestra que los fondos del Ministerio de
Cultura, obviamente no por la gestión del gobierno sino por la movilización
organizada de los cineastas regionales, financian la transmisión de mensajes
autóctonos, reales, generando un rostro humano desconocido para las ciudades
intermedias costeras de nuestro Perú, pero sobre todo nos representa como una ciudadanía
diversa, chauvinista en búsqueda de una identidad perdida y con diferentes
contextos que obedecen a un espacio-tiempo-histórico.
La película
ataca directamente el romanticismo andino, Don Evaristo de ochenta años fue el
asesino de su nieta de trece años, que la única palabra que dijo al morir fue
“gracias taita”. Aquella nieta que fue violada por un docente de educación
secundaria en una escuela rural, aquel profesional que debería representar la
ética; también fue obligada a vivir con su agresor décadas mayor que ella, fue
excluida por su misma comunidad, y poco a poco se fueron cerrando caminos que
significaron la sobrevivencia bajo las condiciones agrestes del campo. Dejando
la pregunta al salir de la sala del cine ¿las personas con alguna discapacidad
y/o condición mental se adaptan y son incluidas en la vida cotidiana de las
áreas rurales y selváticas? ¿Cuáles son las instituciones públicas y privadas
que dan el soporte en salud, educación, servicios públicos, empleo y seguridad
para que las personas con discapacidad sean incluidas en una sociedad que las
“reconoce”? ¿con que ojos se está mirando el campo, serán los citadinos?
Son preguntas reales
y terrenales que nos increpan como humanidad y como ciudadanía, porque creer
tener empatía y tener grados de superioridad por sobre aquellas personas que no
han tenido la oportunidad de conocer el campo ni de sentir sus vicisitudes no
los deja excluidos del problema público, mucho menos arroparse con la verdad absoluta.
Debemos de hacer la creación heroica que hicieron Tito Catacora y Oscar
Catacora, trasladar la crudeza de como pasan las cosas en el campo, no plasmar
lo bello de la cultura milenaria, ancestral e histórica que podría significar
una afluencia de turistas que se tomen muchas fotos y se compren muchos toors
vivenciales, no, se tiene que hacer sentir lo que pasa y lo que sufre la gente
en el país, pero sin el sesgo del “final feliz” y las posiciones de quienes son
los malos y quienes los buenos, hacer cine regional.
Yana-Wara nos
hace una última advertencia implícita de aquellas personas que romantizan el
campo y recogen aplausos por un manejo del humo en auditorios muy elocuente, nos
dice que hay que tener cuidado con el petulante ego hablando sobre la verdad
absoluta, su verdad, sometiendo diferentes percepciones a la exclusión sino
toman en cuenta su único punto de vista. La manipulación y la
instrumentalización hecha carne, observando a las personas como pequeños
engranajes de un juego de pura conveniencia individual, obviamente vendiendo
humo colectivo, lucha de clase y solidaridad genuina para los auditorios que se
ufana caminar. Recibiendo duras críticas de las personas que lo han rebelado
como el vil ser humano que es, pisando cabezas para sentirse mejor
cualitativamente que los demás. Sin ningún tipo de reconocimiento a las
personas que caminan a su alrededor, apropiándose de labores hechas por los
verdaderos héroes del campo, que siguen luchando, sin romantizar nada, sino con
lucha y coherencia, y sin auditorios.

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