domingo, 5 de noviembre de 2023

Somos una sociedad violenta, ¿lo seremos siempre?

 

Somos una sociedad violenta, ¿lo seremos siempre?

Lucas Z. Granda.

La violencia es estructural, se replica y no tiene vacuna alguna que pueda aminorar la tendencia estadística a nivel urbano, rural, estratos socioeconómicos altos y bajos. La violencia física, sexual, patrimonial, psicológica, verbal y demás, se reinventan a la hora de causar impacto a las personas más vulnerables, sobre todo. Donde la pobreza y la desigualdad recrean contextos perniciosos en la sociedad, siendo problemas endémicos en diferentes contextos territoriales que acompañan una multiplicidad de factores que terminan acabando con el derecho a vivir en una sociedad digna, justa y democrática.

En el documento “Perú: Feminicidio y Violencia contra la Mujer 2015-2022” del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) consolida la narrativa que la violencia es un tema estructural en nuestra sociedad. En el rango de años del documento citado 1045 feminicidios contrastados y validados han sucedido en todo el Perú, y cuando lo dividimos por departamento se logra tener que Lima Metropolitana se sitúan 257 feminicidios, Cusco con 68 feminicidios, Arequipa con 63 feminicidios, Huánuco con 53 feminicidios, Junín con 53 feminicidios y Puno con 51 feminicidios, estos serian los departamentos con mas muertes de mujeres por su condición de genero y sexo, donde han sufrido violencia permanente y sistémica hasta acabar con su vida.

Los feminicidios vienen acompañados con acoso callejero, violaciones sexuales, dependencia económica, poca educación sexual integral en los colegios para no identificar las agresiones por personas que gozan de un rol de poder jerárquico y hegemónico. Entonces la violencia utiliza al miedo para replicarse en diferentes espacios públicos y privados.

Esta ola de violencia que viene azotando a nuestra sociedad, a veces ya no logra ser noticia para los medios de comunicación locales y nacionales, porque se ha interiorizado en el sentido común de la población y con ello la normalización se hace presente, aún peor cuando se rechaza toda lucha y resistencia contra el tratamiento de la violencia en colegios, universidades, operadores justicia e institucionalidad del Estado. Cada vez es a cuenta y riesgo de cada individuo, donde el fortalecimiento comunitario del barrio, de la congregación, vínculos amicales y familiares no chocan con aquello que les incomoda y no logran entender del todo cuando sucede un caso de violencia, siendo el humor y el sarcasmo colaboradores de la complicidad que involucra no alzar nuestra voz de denuncia y protesta contra un caso que involucra a una menor, una mujer, una adolescente, un niño y un adulto mayor cuando sabemos que esta siendo violentado.  

Considerando que la ola de violencia en sus diferentes formas se viene acrecentando, no solo en el grupo de las relaciones familiares, sino en los espacios públicos “seguros”, tomando peso la autodefensa y la utilización de instrumentos para el control y vigilancia de áreas protegidas y con alta percepción de inseguridad, agudizando el circulo de vulnerabilidad, donde la salida no es combatir violencia con castigo, o violencia con violencia, sino entender porque sucede, de donde nace, como se replica, trabajar con los agresores, conversar con las familias, trabajar en colegios, dejar el celular como medio distracción e incorporar la paternidad responsable, entre otras estrategias. 

Hay que tener en cuenta la diferenciación conceptual entre la evidencia que se tiene de la violencia al ser denuncia, donde hay un proceso racional de acudir a una institución como la PNP y visibilizar un delito, y aquellas situaciones donde no se puede obtener evidencia cuantitativa y/o cualitativa de casos de violencia, porque suceden en el fuero íntimo de los hogares, ámbitos laborales y relaciones heterosexuales o homosexuales. Mas aún cuando los operadores de justicia, promoción y tratamiento se concentran en las ciudades y en los centros históricos de los distritos. Poniendo el ejemplo de los distritos de Cerro Colorado y Paucarpata, ambos de la provincia de Arequipa, concentran la mayor cantidad de población migrante, sin acceso a servicios y con patrones culturales que fortalecen comportamientos violentos, donde el miedo paraliza a nuestras familias, el no imaginarse una vida tranquila y libre de violencia en el hogar se hace cada vez mas lejanos. Manifestando que con la estadística solo estamos viendo lo que queremos ver, la punta del cerro, aún a muchas cosas de bajo de la alfombra, que no se sabe si algún día se limpiará.

 

 


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