Somos una sociedad violenta, ¿lo seremos
siempre?
Lucas Z. Granda.
La violencia es estructural, se
replica y no tiene vacuna alguna que pueda aminorar la tendencia estadística a
nivel urbano, rural, estratos socioeconómicos altos y bajos. La violencia
física, sexual, patrimonial, psicológica, verbal y demás, se reinventan a la
hora de causar impacto a las personas más vulnerables, sobre todo. Donde la
pobreza y la desigualdad recrean contextos perniciosos en la sociedad, siendo
problemas endémicos en diferentes contextos territoriales que acompañan una
multiplicidad de factores que terminan acabando con el derecho a vivir en una
sociedad digna, justa y democrática.
En el documento “Perú: Feminicidio y
Violencia contra la Mujer 2015-2022” del Instituto Nacional de Estadística e
Informática (INEI) consolida la narrativa que la violencia es un tema
estructural en nuestra sociedad. En el rango de años del documento citado 1045
feminicidios contrastados y validados han sucedido en todo el Perú, y cuando lo
dividimos por departamento se logra tener que Lima Metropolitana se sitúan 257
feminicidios, Cusco con 68 feminicidios, Arequipa con 63 feminicidios, Huánuco
con 53 feminicidios, Junín con 53 feminicidios y Puno con 51 feminicidios,
estos serian los departamentos con mas muertes de mujeres por su condición de
genero y sexo, donde han sufrido violencia permanente y sistémica hasta acabar
con su vida.
Los feminicidios vienen acompañados
con acoso callejero, violaciones sexuales, dependencia económica, poca
educación sexual integral en los colegios para no identificar las agresiones
por personas que gozan de un rol de poder jerárquico y hegemónico. Entonces la
violencia utiliza al miedo para replicarse en diferentes espacios públicos y
privados.
Esta ola de violencia que viene
azotando a nuestra sociedad, a veces ya no logra ser noticia para los medios de
comunicación locales y nacionales, porque se ha interiorizado en el sentido
común de la población y con ello la normalización se hace presente, aún peor cuando
se rechaza toda lucha y resistencia contra el tratamiento de la violencia en
colegios, universidades, operadores justicia e institucionalidad del Estado.
Cada vez es a cuenta y riesgo de cada individuo, donde el fortalecimiento
comunitario del barrio, de la congregación, vínculos amicales y familiares no
chocan con aquello que les incomoda y no logran entender del todo cuando sucede
un caso de violencia, siendo el humor y el sarcasmo colaboradores de la
complicidad que involucra no alzar nuestra voz de denuncia y protesta contra un
caso que involucra a una menor, una mujer, una adolescente, un niño y un adulto
mayor cuando sabemos que esta siendo violentado.
Considerando que la ola de violencia
en sus diferentes formas se viene acrecentando, no solo en el grupo de las
relaciones familiares, sino en los espacios públicos “seguros”, tomando peso la
autodefensa y la utilización de instrumentos para el control y vigilancia de
áreas protegidas y con alta percepción de inseguridad, agudizando el circulo de
vulnerabilidad, donde la salida no es combatir violencia con castigo, o
violencia con violencia, sino entender porque sucede, de donde nace, como se
replica, trabajar con los agresores, conversar con las familias, trabajar en
colegios, dejar el celular como medio distracción e incorporar la paternidad
responsable, entre otras estrategias.
Hay que tener en cuenta la diferenciación
conceptual entre la evidencia que se tiene de la violencia al ser denuncia,
donde hay un proceso racional de acudir a una institución como la PNP y
visibilizar un delito, y aquellas situaciones donde no se puede obtener
evidencia cuantitativa y/o cualitativa de casos de violencia, porque suceden en
el fuero íntimo de los hogares, ámbitos laborales y relaciones heterosexuales o
homosexuales. Mas aún cuando los operadores de justicia, promoción y
tratamiento se concentran en las ciudades y en los centros históricos de los
distritos. Poniendo el ejemplo de los distritos de Cerro Colorado y Paucarpata,
ambos de la provincia de Arequipa, concentran la mayor cantidad de población
migrante, sin acceso a servicios y con patrones culturales que fortalecen
comportamientos violentos, donde el miedo paraliza a nuestras familias, el no
imaginarse una vida tranquila y libre de violencia en el hogar se hace cada vez
mas lejanos. Manifestando que con la estadística solo estamos viendo lo que
queremos ver, la punta del cerro, aún a muchas cosas de bajo de la alfombra,
que no se sabe si algún día se limpiará.

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